MÍSTICA RAPA NUI, ISLA DE PASCUA

Después del gran madrugón, es temprano cuando aterrizamos en la Isla de Pascua, la mística Rapa Nui. Son dos horas de diferencia con Santiago de Chile y seis con España.
Así que no son ni las 10 de la mañana en esta isla perdida en medio del Océano Pacífico cuando nos reciben de esta manera en el mismo aeropuerto.


Tenemos, pues, este miércoles 5 de diciembre para ir a nuestra bola. Hace algo de calor, pero un día estupendo. Nuestro hotel se encuentra en las afueras de la capital, Hanga Roa, frente al inmenso mar. Así que nos instalamos y disfrutamos de las vistas.
Por la tarde damos un paseo bordeando la costa hasta el cercano puerto, un pequeño reducto donde permanecen amarradas una docena de barcazas.
Y es que aquí todo es pequeño menos el océano y la pista de aterrizaje del aeropuerto, que dicen es la más grande de Sudamérica. Empezando por el número de habitantes, que no llega a 8.000. La propia isla es pequeña, se cruza de lado a lado en un santiamén.
No hay grandes hoteles, ni casinos ni enormes instalaciones turísticas. No hay lujo en Rapa Nui. Parece que es algo así decidido por sus habitantes. Nada de masificación turística, todo bastante rústico, estilo polinésico. No en balde es la ubicación más al este de lo que se considera la Polinesia. Parece que así son felices.
Al día siguiente ya iniciamos nuestro recorrido por la isla. Entramos en el Parque Nacional Rapa Nui, dirigiéndonos hacia el norte y empezando por el complejo arqueológico Akahanga, donde nos recibe una representación del dios supremo, Make Make y donde puede apreciarse cómo se configuraban los núcleos de población.


La siguiente etapa nos llevó hacia el interior, a un lugar llamado Ranu Raraku, donde se situaba la cantera de la cual extraían la piedra con la que esculpían los moais.


Y donde se encuentra uno del centenar de volcanes con que cuenta la isla, todos ellos inactivos. Ascendimos hasta poder observar el cráter, convertido en una especie de zona pantanosa, considerada como el principal ambiente para la conservación de la flora nativa.


Después de comer nos acercamos a Ahu Tongariki, que reúne en una plataforma quince moais. El guía ya nos ha explicado las numerosas incógnitas que rodean a estas figuras y las no menos numerosas teorías e hipótesis expuestas sobre ellos. Así que nos ahorraremos aquí entrar en la materia.


Sí podemos afirmar que las figuras en cuestión transmiten una especie de mística, un algo inexplicable, un halo de misterio que seguramente es lo que las hace únicas en el mundo.
Hay más de mil en Rapa Nui, repartidas por toda la isla y en mejor o peor estado de conservación, unas erguidas y otras tumbadas, unas enterradas en parte y otras sobre plataformas.
Continuamos la tarde recorriendo otros puntos de interés, como Te Pito Kura y Ahu Nau Nau, para culminar en la preciosa playa de Anakena, única en Isla de Pascua, de aguas azul turquesa, arena fina y un gran zona de verde hierba y altas palmeras.


Disfrutamos de un buen baño en este Océano Pacífico y el otro buen rato a la sombra de las palmeras, porque el sol es auténticamente abrasador.


Un día precioso al que vamos poniendo fin con un tranquilo paseo costero, una agradable cena y un buen trago (como dicen por aquí) en el anochecer de Rapa Nui.


¿Se puede pedir más?
Viernes 7 de diciembre. Hoy toca ir hacia el sur por la mañana.


Primera parada en Vinapu, donde nuestro guía local nos da detalles del único moai que está en propiedad privada y, por tanto, fuera del Parque Nacional.


Visitamos a continuación el complejo arqueológico de Orongo, donde se puede observar cómo eran las casas de los habitantes de Rapa Nui y, además, unas vistas impresionantes, concretamente sobre tres islotes próximos de nombres irrecordables.


El tercer enclave de la mañana es el volcán Rano Kau, donde se encontraba la cantera de la que extraían la piedra de color rojizo oscuro con la que configuraban lo que parece el sombrero de algunos moais pero que en realidad era un moño de pelo.
Al término de este recorrido tenemos tiempo libre que dedicamos a recorrer la calle principal de la capital, Hanga Roa, antes de dirigirnos por la tarde hacia el interior para visitar otros tres enclaves, el último de los cuales viene a ser como la joya de la corona: Ahu Akivi se llama.


Aquí se encuentran los siete moais que representan a otros tantos exploradores que en el siglo V llegaron a la isla procedentes de más al oeste de la Polinesia, hay quienes afirman que de las Islas Marquesas.


Son los únicos que miran hacia el océano, hacia el lugar del que procedían aquellos exploradores. Todos los demás moais miran hacia el interior de Rapa Nui, como queriendo proteger la isla.


Nos recreamos en la suerte de contemplar a estos "siete magníficos" y percibir esa sensación de misticismo ya comentada. Será este nuestro último contacto con tan específicos símbolos de Isla de Pascua.
Han sido casi tres días inolvidables en esta isla perdida en medio del Océano Pacífico, que transmite un algo indefinible y que defiende su razón de ser por encima de intereses turísticos que seguramente romperían ese halo de misterio que le da su carácter.


Aquí acaba nuestro maravilloso viaje, después de un mes recorriendo el cono sur americano. Mañana volvemos a Santiago de Chile y el domingo día 9 volamos hacia Madrid.
Amanecerá el lunes 10 cuando lleguemos. Será el momento de poner el epílogo a esta experiencia increíble. 

BREVE PASO POR SANTIAGO DE CHILE

En este primer lunes de diciembre toca volar otra vez, así que nos desplazamos a la cercana localidad de Puerto Montt, que es donde se encuentra el aeropuerto, para emprender vuelo hacia Santiago de Chile, capital de este país de 18 millones de habitantes de los que siete viven en ella o en sus alrededores.
Lo primero que hacemos tras instalarnos en nuestro hotel es comer. Lo siguiente, cumplir con la tradición, como siempre que podemos: una siesta.
Después, como hace buena tarde, tenemos tiempo de dar un buen paseo por los alrededores, empezando por la abigarrada avenida Libertador Bernardo O'Higgins, que a esta hora de la tarde es un hervidero de personas trasladándose de aquí para allá.
Lo primero que nos encontramos es la iglesia de San Francisco, con su museo colonial adjunto. Pasamos después por el Museo de Bellas Artes y llegamos a la puerta de acceso al Cerro de Santa Lucía, en cuya cumbre (a la que no subimos) estaba el castillo donde las fuerzas españolas intentaron resistir el ataque del ejército independentista.
Llegamos a continuación al barrio Lastarria, uno de los emblemáticos de la ciudad, donde algunos artistas exponen sus obras, y después a un agradable y concurrido parque, donde nos tomamos un rato de descanso antes de retornar por otras no menos concurridas calles a nuestro hotel.
Al día siguiente nos encontramos con un cambio de tiempo radical. En primer lugar, ha bajado la temperatura considerablemente. Y a continuación, nada más de salir del hotel por la mañana temprano, para hacer un recorrido por la ciudad, empieza a llover.
No nos arredramos. Hay una parte que es tour panorámico en minibús y otra que nos mojaremos un poco.


De lo primero que "disfrutaremos" es del atasco de turno como en cualquier otra ciudad. Después vamos recorriendo diferentes lugares y puntos de interés, como el Cerro San Cristóbal, que vemos desde abajo parcialmente tapado por las nubes, y otro emblemático barrio como el de Buenavista, donde tenía una de sus casas Pablo Neruda.
Cuando llegamos a la parte antigua chispea. Bajamos del minibús en la Plaza de Armas, donde está el Ayuntamiento (aquí, Municipalidad), y entramos en la catedral.
Callejeamos después para llegar al lugar donde se encuentra el edificio que alberga al Poder Judicial y en frente donde estaba el congreso de los diputados hasta que, con la restauración de la democracia y en un intento descentralizador, lo trasladaron a Valparaíso.


Culminamos nuestro recorrido bajo la lluvia en la Plaza de la Constitución, donde se encuentra el Palacio de la Moneda, emblemático lugar en el que ejerce sus funciones el presidente de la República y de triste recuerdo porque fue donde en 1973 fue asesinado Salvador Allende por los militares golpistas encabezados por Augusto Pinochet y se produjeron las imágenes de enfrentamientos armados, con bombardeo incluido.
Retornamos al minibús para dirigirnos a la parte nueva de Santiago, pasando por la zona que llaman Sanhattan, y culminamos en el Parque del Bicentenario, precioso lugar, con sonrosados flamencos y cisnes de cuello negro incluidos. 


Lástima que el mal tiempo no nos permita disfrutarlo con mayor intensidad.
Termina así la visita que nos ha permitido hacernos una idea de lo que es Santiago de Chile.
Y, dadas las inclemencias meteorológicas, decidimos dedicar la tarde a descansar porque el próximo madrugón será de aúpa: vendrán a buscarnos ¡a las tres y media! de la madrugada para llevarnos al aeropuerto.
Rapa Nui nos espera.

EL CRUCE ANDINO, ATRAVESANDO LA CORDILLERA DE LOS ANDES DE LAGO EN LAGO

Amanece un soleado domingo en Bariloche, ideal para nuestro propósito del día, que no es otro que atravesar la Cordillera de los Andes en dirección a Chile por un paso que ya en los tiempos precolombinos utilizaban las diferentes tribus indígenas y que posteriormente usaron los jesuitas en su labor evangelizadora pero en sentido contrario al nuestro.


Se trata de compatibilizar la aventura con el necesario desplazamiento para continuar nuestro viaje, que hoy consistirá en navegar por lagos, atravesar selvas y circular por caminos de tierra y piedras durante nueve horas hasta llegar a la cuidad chilena de Puerto Varas.
Embarcamos a la hora prevista en el cercano Puerto Pañuelo donde nos espera el catamarán con el que volveremos a recorrer el Lago Nahuel Huapi, desviándonos esta vez por el brazo Blest. 
Hace un día espléndido que nos permite contemplar desde cubierta el maravilloso panorama que nos rodea, una especie de fiordo pero de agua dulce, hasta alcanzar nuestra primera meta, que es Puerto Blest.


Tras un breve paseo por el enclave toca subir al autobús para emprender la siguiente etapa, por vía terrestre bordeando el río Frías hasta Puerto Alegre, a donde llegamos enseguida.
Otro catamarán nos conduce por el pequeño Lago Frías y durante la navegación disfrutamos de la vista del cerro Tronador, hasta llegar a Puerto Frías, donde hemos de pasar por los trámites fronterizos argentinos. 
Antes que nosotros, pasó por aquí Ernesto Che Guevara y lo recuerdan exponiendo una réplica de la motocicleta que utilizó.


Con nuestros sellos de salida convenientemente estampados en nuestros pasaportes, abordamos otro autobús para enfrentar un largo e intrincado camino por el que nos adentramos en la cordillera andina serpenteando y atravesando ya sea la selva valdiviana, ya sea la llamada selva Siempre Verde.
Hacemos una breve parada, ya en Chile, a la entrada del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales antes de llegar a Peulla, donde realizamos los trámites fronterizos chilenos, que incluyen revisión de maletas, y dispondremos de tiempo para comer y llegar a nuestro siguiente punto de embarque dando un paseo.
La próxima etapa consiste en navegar por el Lago de Todos los Santos y resulta agradablemente larga.


El día sigue siendo espléndido con lo cual la navegación resulta muy placentera, entre el azul turquesa del agua y el verde de las montañas a ambos lados.
Volvemos a ver el casi omnipresente cerro Tronador y se añaden ahora dos impresionantes volcanes: primero, el Puntiagudo; y, a continuación, el Osorno, que luego comprobaríamos que también se ve desde casi todas partes.


Así llegamos a Petrohué y ponemos punto final a las navegaciones del día. Nos queda la última etapa, y no menos interesante, en autobús hasta Puerto Varas.
Seguiremos viendo el volcán Osorno y añadiremos otro a nuestros conocidos: el Calbuco, que no hace mucho entró en erupción y sepultó la cercana localidad bajo cinco millones de toneladas de cenizas. Algo que no sorprende en este país, que tiene más de 2.000 volcanes, casi cien activos.
Ya en la última parte de este impresionante viaje nos queda bordear el Lago Llanquihué al atardecer de este domingo 2 de diciembre.
Han sido nueve horas que no se hacen largas en absoluto. Hemos disfrutado cada momento.
Y así concluirá mañana nuestro paso por la Patagonia, tanto en la parte argentina como en la chilena, un viaje increíble, una experiencia inolvidable, que ha colmado sobradamente todas nuestras expectativas.
Solo queda ya poner la guinda a este maravilloso pastel en Santiago de Chile y la Isla de Pascua, la misteriosa Rapa Nui.

CUATRO DÍAS DE ENSUEÑO EN TORNO A BARILOCHE

Es miércoles 28 de noviembre cuando un cómodo vuelo nos deposita en San Carlos de Bariloche, puerta de la Patagonia y uno de los centros turísticos más importantes de Argentina.
Hace un día espléndido y nuestro guía nos conduce desde el aeropuerto por un camino que nos va dando una idea de lo que es este enclave dominado por montañas, bosques y lagos, al tiempo que nos va refiriendo lo que ha sido la historia de San Carlos de Bariloche, una ciudad que, oficialmente, data de hace poco más de cien años. Buena parte de nuestro camino discurre por la avenida Ezequiel Bustillo, el gran visionario que supo anticipar el enorme potencial que tenía esta zona, bastante parecida a Suiza y que dispone de unos 100 kilómetros de pistas para esquiar.
El caso es que la citada avenida conduce directamente a uno de los hitos turísticos de Bariloche, que no es otro que nuestro hotel: el Llao Llao, monumento nacional y declarado patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.



No solemos mencionar en el relato de nuestras experiencias viajeras ni hoteles, ni restaurantes, etc. por más que puedan ser atractivos, porque no es la idea de este blog, salvo alguna excepción muy justificada. Y esta nos parece que lo es.
El buen Bustillo pensó hace casi cien años establecer el hotel Llao Llao en lo alto de un promontorio con fachadas a dos lagos: el Moreno y el Nahuel Huapi, y con vistas a todas las montañas circundantes, incluido el famoso Cerro Tronador.
Convenció para ello a los poderes públicos de la época y como presidente de Parques Nacionales impulsó la construcción del hotel, que diseñó su hermano Alejandro, así como una pequeña iglesia próxima. Quiere decirse que, inicialmente, todo esto fue de propiedad pública y gestión privada.
Y, a pesar de la mala suerte inicial cuando un incendio arrasó el hotel, volvió a reconstruirlo. Hasta que llegó la dictadura militar y lo cerró. Hace quince años reabrió y pasó a propiedad privada.


No es solo que el hotel esté bien, sino que, además, el entorno es espectacular, máxime en los días soleados como los que disfrutamos.
Así, pues, dedicamos la tarde a instalarnos en nuestra habitación con vistas al Lago Nahuel Huapi y a recorrer las diversas dependencias del establecimiento hasta llegar a una sala de lectura que dispone de un mirador al borde del Lago Moreno. 


Retornamos a la zona del edificio principal y damos un paseo por el jardín antes de cenar en uno de los restaurantes disponibles.


Al día siguiente hacemos un recorrido por los alrededores entre bosques y lagos, vadeamos el pequeño río que conecta los dos lagos citados hasta que llegamos al pie del Cerro Campanario. Tomamos el telesilla que nos llevará a la cumbre para contemplar desde allí uno de los panoramas más espectaculares que podemos recordar. Los del lugar afirman que es una de las mejores siete vistas del mundo.


Tenemos tiempo para recorrer los diferentes senderos posibles que nos ofrecen diferentes perspectivas, incluyendo la de nuestro hotel en la lejanía.


De nuevo abajo, nos acercamos a la iglesia antes mencionada en cuya puerta posamos sentados en un banco, de nuevo con el hotel a nuestras espaldas.


Desde aquí nos dirigimos ya a la ciudad de San Carlos de Bariloche, que queda a unos kilómetros, y dedicamos el resto de la mañana a recorrer sus calles principales, deteniéndonos en esta plaza.


Después de comer completamos otro paseo, durante el cual intentamos comprar la tarjeta que da acceso al autobús para volver al hotel. Pero no hubo forma, no estaba disponible en ningún punto de venta. Así que nos dirigimos a la parada y recurrimos al sistema que ya nos habían avisado: pedirle a algún viajero que pasara su tarjeta y abonarle en metálico la cantidad acordada. Nuestro intento tuvo éxito con un joven que accedió, a pesar de que tuvo que ir a recargar su tarjeta. Y así recorrimos los 20 kilómetros que nos separaban de nuestro hotel, última parada de la línea.
Ya es viernes 30 de noviembre y tenemos el día libre de actividades. Así que optamos por el relax total.



Después de uno de esos desayunos copiosos a base de huevos revueltos y demás, decidimos pasar la mañana en el spa, que dispone de una piscina interior y otra que se comunica con la exterior. Lástima que, a pesar del día tan bueno que hace, sopla un viento bastante fuerte que incomoda al aire libre, así que nos conformamos con disfrutar a través de los cristales.


Y en un buen día de relax no puede faltar la siesta, después de la cual bajamos a la llamada terraza de invierno, donde se sirve el té buffet consistente en un variado repertorio de medianoches saladas y todo tipo de dulces, pastas y pastelitos, además de los correspondientes tés y cafés.


Una delicia, vamos, ideal para pasar la tarde charlando y disfrutando del panorama exterior.
Recordamos que debemos algunos agradecimientos que propiciaron esta amplia estancia, que inicialmente iba a ser más breve. Primero, a una amiga que anduvo por aquí hace diez años en su viaje de novios y nos lo recomendó casi fervientemente; y después, aunque suene increíble, al G20. Sí, porque lo que en un principio iban a ser dos noches aquí, tuvieron que ser cuatro por las restricciones en los vuelos ocasionadas por la reunión en Buenos Aires de los máximos mandatarios mundiales. Bueno... Nos sacrificamos por el progreso de la humanidad.
El sábado, ya 1 de diciembre, volvemos a la actividad. 



En el cercano embarcadero tomamos un catamarán que nos lleva por el Lago Nahuel Huapi a la cercana Isla Victoria, donde desembarcamos para dar un buen paseo por un bosque en el que se dan un sinfín de especies arbóreas, tanto autóctonas como extrañas, introducidas por el descubridor del lugar.


Volvemos a embarcar para seguir avanzando por el lago hasta alcanzar la península donde se asienta el bosque de arrayanes, curiosos árboles de color canela anaranjado, que vamos contemplando durante la caminata que nos damos.


Ecológico día presidido por un sol espléndido y casi total ausencia de viento.
Cuando volvemos al hotel todavía tenemos tiempo de disfrutarlo un poco más y culminar con una cena de despedida.


Mañana emprendemos el llamado Cruce Andino que nos llevará otra vez a Chile, atravesando lagos y bordeando volcanes y montañas de la Cordillera de los Andes hasta llegar a Puerto Varas.

ESPLÉNDIDO DÍA EN EL GLACIAR PERITO MORENO

Iniciamos nuestra tercera semana de viaje, el lunes 26 de noviembre, con una soleada mañana en Puerto Natales mientras esperamos la salida del autobús que nos llevará a El Calafate, de retorno a la República Argentina. 
Antes de la primera hora llegamos al puesto de control fronterizo de Chile, donde nos detenemos y debemos bajarnos del autobús para mostrar nuestros pasaportes. Esta es la barrera que separa Chile de Argentina.


Seguimos y en seguida se acaba Chile y el pavimento. La República Argentina nos recibe con un cartelón y un fabuloso camino de tierra y piedras hasta llegar a su propio puesto de control, donde volvemos a bajarnos y a mostrar los pasaportes.
Todavía habremos de transitar por un indeseable camino de tierra unos cuantos kilómetros más hasta llegar a la carretera pavimentada que nos conducirá a El Calafate en algo menos de cinco horas, atravesando más de 200 kilómetros de estepa patagónica en los que el vegetal más alto que alcanza la vista apenas levanta un palmo del suelo, ni un árbol.
Lo que ocurrió cuando llegamos a nuestro hotel nos obliga a retroceder unos días, concretamente hasta que embarcamos en el Australis hace ya nueve días. Conocimos entonces a una pareja que viajaba con una joven adolescente. Con los días coincidimos aquí y allá con ellos y fuimos trabando una relación. Se trataba de unos simpáticos y agradables mexicanos que residen en Sao Paulo (Brasil), con los que intercambiamos nombres y algún rato de charla.
Al término del crucero/expedición nos despedimos bromeando con la posibilidad de encontrarnos en el glaciar Perito Moreno cinco o seis días después pues todos lo teníamos previsto. Ellos seguían con su viaje y nosotros nos disponíamos a enlazar con el Skorpios. 
Pero hete aquí que, antes de embarcar, teníamos la visita a las Torres del Paine. En un momento dado paramos a comer en un complejo turístico y cuál sería mi sorpresa cuando veo aparecer en el comedor al trío de mexicanos. Pero cómo es posible, qué alegría, y demás expresiones e intercambios de saludos. Y ahí quedó la cosa, cada cual por su lado otra vez.
Tras la experiencia Skorpios, cuatro días después, llegamos al hotel y, al bajarnos del vehículo, oímos como un griterío desde un balcón del primer piso: "¡Pero si son Rafa y Mariví!", gritaban alborozados nuestros amigos mexicanos. Increíble, para que luego digan que las casualidades no existen.
Como ellos ya habían llegado antes, además de ir al Perito Moreno, se sabían el buen sitio para cenar, así que pasamos un buen rato juntos y culminamos este día de transición ya intercambiando teléfonos.
El gran día en el que completaremos esta particular era glaciar nuestra amanece resplandeciente. Por fin aparecerán juntos glaciar y sol. Es martes 27.


Mientras esperamos a la puerta de nuestro hotel no nos resistimos a inmortalizar la vista que tenemos del gran Lago Argentino, el tercero más grande de Suramérica, después del Titicaca, que comparten Perú y Bolivia, y del que comparten Argentina y Chile (para los primeros Buenos Aires y para los segundos General Carrera).
Nos trasladamos, pues, hacia el Parque Nacional de los Glaciares, donde se encuentra el Perito Moreno, la guinda que culminará nuestro pastel helado, el más famoso de los glaciares y, además, el de más fácil acceso.
Hay una cierta distancia desde El Calafate, que recorremos en parte bordeando el gran lago, pero pronto llegamos a un mirador desde donde tendremos ya un aperitivo del glaciar Perito Moreno.


Antes tendremos una experiencia náutica más. Esta vez a bordo de un catamarán por el que recorreremos el llamado brazo rico para aproximarnos al frente sur del glaciar.


Impresionante tanto la navegación como el panorama que se contempla, si bien nos sorprendió el hecho de que no alcanzara a verse el glaciar en su totalidad.
Un tramo final en el autobús nos deja ya en la entrada, donde nos explican los diversos caminos por los que podemos transitar y los tres niveles desde los que podremos contemplar el frente norte, que se desploma sobre el llamado brazo de los témpanos, perteneciente al Lago Argentino.
Una vez definido el itinerario que queremos/podemos hacer (porque cada uno entraña una dificultad) emprendemos la marcha por las pasarelas que nos acercan en descenso al glaciar.



Llegamos a un primer mirador que nos da otro aperitivo.
Y al poco desembocamos en "nuestro" mirador principal que nos da la visión total, 2,5 kilómetros, de esta otra parte del glaciar, que es la mayor.


Con la inmensa suerte de que, mientras grababa un vídeo, se produjo un importante desprendimiento que conseguí captar en su totalidad.
En la foto quizá se aprecie, en el centro, hacia abajo, un buen boquete que produjo el desprendimiento y que en la foto de más arriba aún no está.


Lo que es seguro que no se aprecia aquí es el enorme estruendo que produjo el gran bloque de hielo al caer y el buen movimiento que agitó las aguas y los témpanos de hielo durante unos segundos.
Ciertamente, el glaciar Perito Moreno es grandioso y podemos afirmarlo después de haber conocido más de una veintena de glaciares en diez días.
Concluimos así, como decíamos, nuestra particular era glaciar, que iniciamos en Ushuaia a bordo del buque Australis y concluimos en Puerto Natales con el Skorpios III, todo ello en territorio chileno, y rematamos con la grandiosidad del Perito Moreno ya en Argentina.
Una experiencia impresionante e inolvidable.
Mañana toca otra vez avión para llegar a San Carlos de Bariloche, la llamada Puerta de la Patagonia, si bien nosotros entramos "por detrás".

EL SKORPIOS III, NAVEGANDO RUMBO AL CAMPO DE HIELO SUR POR LA RUTA KAWESKAR

Día de descanso en Puerto Natales, que dedicamos a dar un paseo por esta tranquila ciudad chilena, comer estupendamente, una buena siesta en el hotel y tarde de lectura disfrutando de las excelentes vistas sobre el fiordo, aprovechando que hoy luce el sol, aunque también hace mucho viento. En fin, el tiempo patagónico.


Al día siguiente, viernes 23, toca de nuevo madrugar porque tenemos un buen rato de bus hasta el Parque Nacional Torres del Paine.



Accedemos a este enorme y hermoso lugar por un camino de tierra que nos conduce primero al Lago Sarmiento y después al Nordernskjold, en cuyo mirador nos detenemos para contemplar la espléndida panorámica, que, sin embargo, nos decepciona un poco porque las nubes nos impiden ver las Torres del Paine en toda su dimensión.


Continuamos la marcha hasta llegar al Lago Pehoé, núcleo central del parque, en cuyo mirador volvemos a detenernos, antes de dirigirnos al área Serrano donde nos espera la comida y tenemos la suerte de que se despeja el panorama y nos permite atisbar las famosas Torres graníticas.


De regreso al minibus tenemos tiempo para una siesta reparadora antes de llegar a la cueva del Milodon, gigantesco animal prehistórico de unos mil kilos de peso que anduvo por estos parajes hace unos 20.000 años.


Ponemos así punto final a la visita a este parque natural y regresamos a Puerto Natales, donde ya nos espera el Skorpios III, motonave (así la llaman aquí) con la que realizaremos otra navegación por el denominado Campo de Hielo Sur de Chile.
Se trata de un navío de menor tamaño que el Australis, pero quizá mejor preparado para enfrentar el hielo, en el que navegaremos 67 pasajeros con una treintena de tripulantes.
Surcaremos las aguas de varios fiordos para llegar a un total de once glaciares en los próximos dos días, siguiendo la denominada Ruta Kaweskar, que toma su nombre de una tribu indígena que anduvo por estas tierras.
Embarcamos a la hora prevista y zarpamos también según lo anunciado encarando el fiordo de Puerto Natales para iniciar la navegación por los canales patagónicos pasando por la llamada Angostura Kirke al atardecer y cuando queremos darnos cuenta estamos cenando. 


Amanecemos el sábado 24 en las cercanías del glaciar Amalia y, después de desayunar, abordamos las lanchas, estas con más capacidad que las Zodiac, para desembarcar y emprender una pequeña ascensión hasta un mirador desde el que apreciamos en toda su dimensión el glaciar.
Retornamos al barco y reanudamos la navegación hacia el glaciar El Brujo, a donde llegamos mientras comemos. De postre tenemos lanchas para aproximarnos al glaciar. Nos advierten que al desembarcar en la zona rocosa tomemos precauciones porque está húmeda y resbaladiza (como enseguida pudo comprobar algún despistado).


Tras una breve caminata alcanzamos el punto más próximo desde el cual disfrutar de la impresionante panorámica.
Regresamos al barco, pero por poco tiempo, pues enseguida transbordaremos a una embarcación más pequeña: se trata de un rompehielos con el que navegaremos por el fiordo Calvo, pasando por varios glaciares: Fernando, Capitán Constantino y Alipio, entre otros. Pero lo más impresionante es el enorme mar de hielo que atravesamos y que nuestro navío va rompiendo literalmente para abrirnos paso.


Por el camino, además de los enormes carámbanos de hielo, encontramos una numerosa colonia de cormoranes, "encallamos" ante una hermosa cascada y finalmente nos introducimos por un angosto cañón por el que casi nos caen encima varias torrenteras.
De vuelta continúa sorprendiéndonos el inmenso mar de hielo que debemos volver a cruzar para llegar al barco, donde nos espera ya la cena. Es que se cena pronto por estos lares.


El domingo 25, cuando ya alcanzamos el décimoquinto día de nuestro viaje, navegamos por el Fiordo de las Montañas y, mientras desayunamos podemos avistar varios glaciares que se descuelgan desde la Cordillera Sarmiento.
Abordamos las lanchas para aproximarnos al glaciar Alsina y observar el panorama que nos permite este nuevo día nublado y lluvioso. Así es el clima patagónico, nos dicen.


Regresamos al Skorpios III  para navegar en dirección al glaciar Bernal. Desembarcamos de la lancha e iniciamos una caminata que nos lleva en medio de un pequeño bosque nativo hasta un sendero que atraviesa una laguna de agua glaciar para llegar al frente del Bernal.
Se trata de un glaciar que está en regresión y ya no acaba en el mar. De hecho, por debajo fluye un río con una corriente intensa.


Continuamos la navegación por el Fiordo de las Montañas mientras comemos, hasta alcanzar la llamada Angostura White, momento que tenemos la suerte de presenciar desde el puente de mando.
Acto seguido emprendemos nuestra última expedición en lancha, consistente en un paseo por el fiordo durante el cual pudimos avistar el majestuoso vuelo del cóndor antes de llegar a las rocas donde anida una numerosa colonia de cormoranes de las rocas y a otra pequeña isla donde parecían estar esperándonos un grupo de leones marinos, a los que nuestra presencia no pareció agradarles demasiado, a juzgar  por los gruñidos que emitían.


Y fin de la expedición. Volvemos al barco donde nos espera la cena de despedida con baile incluído. Toda una experiencia este segundo crucero por el Campo de Hielo Sur de Chile. 
Mañana desembarcamos en Puerto Natales y retornamos a la República Argentina, concretamente a El Calafate.