CUATRO DÍAS DE ENSUEÑO EN TORNO A BARILOCHE

Es miércoles 28 de noviembre cuando un cómodo vuelo nos deposita en San Carlos de Bariloche, puerta de la Patagonia y uno de los centros turísticos más importantes de Argentina.
Hace un día espléndido y nuestro guía nos conduce desde el aeropuerto por un camino que nos va dando una idea de lo que es este enclave dominado por montañas, bosques y lagos, al tiempo que nos va refiriendo lo que ha sido la historia de San Carlos de Bariloche, una ciudad que, oficialmente, data de hace poco más de cien años. Buena parte de nuestro camino discurre por la avenida Ezequiel Bustillo, el gran visionario que supo anticipar el enorme potencial que tenía esta zona, bastante parecida a Suiza y que dispone de unos 100 kilómetros de pistas para esquiar.
El caso es que la citada avenida conduce directamente a uno de los hitos turísticos de Bariloche, que no es otro que nuestro hotel: el Llao Llao, monumento nacional y declarado patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.



No solemos mencionar en el relato de nuestras experiencias viajeras ni hoteles, ni restaurantes, etc. por más que puedan ser atractivos, porque no es la idea de este blog, salvo alguna excepción muy justificada. Y esta nos parece que lo es.
El buen Bustillo pensó hace casi cien años establecer el hotel Llao Llao en lo alto de un promontorio con fachadas a dos lagos: el Moreno y el Nahuel Huapi, y con vistas a todas las montañas circundantes, incluido el famoso Cerro Tronador.
Convenció para ello a los poderes públicos de la época y como presidente de Parques Nacionales impulsó la construcción del hotel, que diseñó su hermano Alejandro, así como una pequeña iglesia próxima. Quiere decirse que, inicialmente, todo esto fue de propiedad pública y gestión privada.
Y, a pesar de la mala suerte inicial cuando un incendio arrasó el hotel, volvió a reconstruirlo. Hasta que llegó la dictadura militar y lo cerró. Hace quince años reabrió y pasó a propiedad privada.


No es solo que el hotel esté bien, sino que, además, el entorno es espectacular, máxime en los días soleados como los que disfrutamos.
Así, pues, dedicamos la tarde a instalarnos en nuestra habitación con vistas al Lago Nahuel Huapi y a recorrer las diversas dependencias del establecimiento hasta llegar a una sala de lectura que dispone de un mirador al borde del Lago Moreno. 


Retornamos a la zona del edificio principal y damos un paseo por el jardín antes de cenar en uno de los restaurantes disponibles.


Al día siguiente hacemos un recorrido por los alrededores entre bosques y lagos, vadeamos el pequeño río que conecta los dos lagos citados hasta que llegamos al pie del Cerro Campanario. Tomamos el telesilla que nos llevará a la cumbre para contemplar desde allí uno de los panoramas más espectaculares que podemos recordar. Los del lugar afirman que es una de las mejores siete vistas del mundo.


Tenemos tiempo para recorrer los diferentes senderos posibles que nos ofrecen diferentes perspectivas, incluyendo la de nuestro hotel en la lejanía.


De nuevo abajo, nos acercamos a la iglesia antes mencionada en cuya puerta posamos sentados en un banco, de nuevo con el hotel a nuestras espaldas.


Desde aquí nos dirigimos ya a la ciudad de San Carlos de Bariloche, que queda a unos kilómetros, y dedicamos el resto de la mañana a recorrer sus calles principales, deteniéndonos en esta plaza.


Después de comer completamos otro paseo, durante el cual intentamos comprar la tarjeta que da acceso al autobús para volver al hotel. Pero no hubo forma, no estaba disponible en ningún punto de venta. Así que nos dirigimos a la parada y recurrimos al sistema que ya nos habían avisado: pedirle a algún viajero que pasara su tarjeta y abonarle en metálico la cantidad acordada. Nuestro intento tuvo éxito con un joven que accedió, a pesar de que tuvo que ir a recargar su tarjeta. Y así recorrimos los 20 kilómetros que nos separaban de nuestro hotel, última parada de la línea.
Ya es viernes 30 de noviembre y tenemos el día libre de actividades. Así que optamos por el relax total.



Después de uno de esos desayunos copiosos a base de huevos revueltos y demás, decidimos pasar la mañana en el spa, que dispone de una piscina interior y otra que se comunica con la exterior. Lástima que, a pesar del día tan bueno que hace, sopla un viento bastante fuerte que incomoda al aire libre, así que nos conformamos con disfrutar a través de los cristales.


Y en un buen día de relax no puede faltar la siesta, después de la cual bajamos a la llamada terraza de invierno, donde se sirve el té buffet consistente en un variado repertorio de medianoches saladas y todo tipo de dulces, pastas y pastelitos, además de los correspondientes tés y cafés.


Una delicia, vamos, ideal para pasar la tarde charlando y disfrutando del panorama exterior.
Recordamos que debemos algunos agradecimientos que propiciaron esta amplia estancia, que inicialmente iba a ser más breve. Primero, a una amiga que anduvo por aquí hace diez años en su viaje de novios y nos lo recomendó casi fervientemente; y después, aunque suene increíble, al G20. Sí, porque lo que en un principio iban a ser dos noches aquí, tuvieron que ser cuatro por las restricciones en los vuelos ocasionadas por la reunión en Buenos Aires de los máximos mandatarios mundiales. Bueno... Nos sacrificamos por el progreso de la humanidad.
El sábado, ya 1 de diciembre, volvemos a la actividad. 



En el cercano embarcadero tomamos un catamarán que nos lleva por el Lago Nahuel Huapi a la cercana Isla Victoria, donde desembarcamos para dar un buen paseo por un bosque en el que se dan un sinfín de especies arbóreas, tanto autóctonas como extrañas, introducidas por el descubridor del lugar.


Volvemos a embarcar para seguir avanzando por el lago hasta alcanzar la península donde se asienta el bosque de arrayanes, curiosos árboles de color canela anaranjado, que vamos contemplando durante la caminata que nos damos.


Ecológico día presidido por un sol espléndido y casi total ausencia de viento.
Cuando volvemos al hotel todavía tenemos tiempo de disfrutarlo un poco más y culminar con una cena de despedida.


Mañana emprendemos el llamado Cruce Andino que nos llevará otra vez a Chile, atravesando lagos y bordeando volcanes y montañas de la Cordillera de los Andes hasta llegar a Puerto Varas.

ESPLÉNDIDO DÍA EN EL GLACIAR PERITO MORENO

Iniciamos nuestra tercera semana de viaje, el lunes 26 de noviembre, con una soleada mañana en Puerto Natales mientras esperamos la salida del autobús que nos llevará a El Calafate, de retorno a la República Argentina. 
Antes de la primera hora llegamos al puesto de control fronterizo de Chile, donde nos detenemos y debemos bajarnos del autobús para mostrar nuestros pasaportes. Esta es la barrera que separa Chile de Argentina.


Seguimos y en seguida se acaba Chile y el pavimento. La República Argentina nos recibe con un cartelón y un fabuloso camino de tierra y piedras hasta llegar a su propio puesto de control, donde volvemos a bajarnos y a mostrar los pasaportes.
Todavía habremos de transitar por un indeseable camino de tierra unos cuantos kilómetros más hasta llegar a la carretera pavimentada que nos conducirá a El Calafate en algo menos de cinco horas, atravesando más de 200 kilómetros de estepa patagónica en los que el vegetal más alto que alcanza la vista apenas levanta un palmo del suelo, ni un árbol.
Lo que ocurrió cuando llegamos a nuestro hotel nos obliga a retroceder unos días, concretamente hasta que embarcamos en el Australis hace ya nueve días. Conocimos entonces a una pareja que viajaba con una joven adolescente. Con los días coincidimos aquí y allá con ellos y fuimos trabando una relación. Se trataba de unos simpáticos y agradables mexicanos que residen en Sao Paulo (Brasil), con los que intercambiamos nombres y algún rato de charla.
Al término del crucero/expedición nos despedimos bromeando con la posibilidad de encontrarnos en el glaciar Perito Moreno cinco o seis días después pues todos lo teníamos previsto. Ellos seguían con su viaje y nosotros nos disponíamos a enlazar con el Skorpios. 
Pero hete aquí que, antes de embarcar, teníamos la visita a las Torres del Paine. En un momento dado paramos a comer en un complejo turístico y cuál sería mi sorpresa cuando veo aparecer en el comedor al trío de mexicanos. Pero cómo es posible, qué alegría, y demás expresiones e intercambios de saludos. Y ahí quedó la cosa, cada cual por su lado otra vez.
Tras la experiencia Skorpios, cuatro días después, llegamos al hotel y, al bajarnos del vehículo, oímos como un griterío desde un balcón del primer piso: "¡Pero si son Rafa y Mariví!", gritaban alborozados nuestros amigos mexicanos. Increíble, para que luego digan que las casualidades no existen.
Como ellos ya habían llegado antes, además de ir al Perito Moreno, se sabían el buen sitio para cenar, así que pasamos un buen rato juntos y culminamos este día de transición ya intercambiando teléfonos.
El gran día en el que completaremos esta particular era glaciar nuestra amanece resplandeciente. Por fin aparecerán juntos glaciar y sol. Es martes 27.


Mientras esperamos a la puerta de nuestro hotel no nos resistimos a inmortalizar la vista que tenemos del gran Lago Argentino, el tercero más grande de Suramérica, después del Titicaca, que comparten Perú y Bolivia, y del que comparten Argentina y Chile (para los primeros Buenos Aires y para los segundos General Carrera).
Nos trasladamos, pues, hacia el Parque Nacional de los Glaciares, donde se encuentra el Perito Moreno, la guinda que culminará nuestro pastel helado, el más famoso de los glaciares y, además, el de más fácil acceso.
Hay una cierta distancia desde El Calafate, que recorremos en parte bordeando el gran lago, pero pronto llegamos a un mirador desde donde tendremos ya un aperitivo del glaciar Perito Moreno.


Antes tendremos una experiencia náutica más. Esta vez a bordo de un catamarán por el que recorreremos el llamado brazo rico para aproximarnos al frente sur del glaciar.


Impresionante tanto la navegación como el panorama que se contempla, si bien nos sorprendió el hecho de que no alcanzara a verse el glaciar en su totalidad.
Un tramo final en el autobús nos deja ya en la entrada, donde nos explican los diversos caminos por los que podemos transitar y los tres niveles desde los que podremos contemplar el frente norte, que se desploma sobre el llamado brazo de los témpanos, perteneciente al Lago Argentino.
Una vez definido el itinerario que queremos/podemos hacer (porque cada uno entraña una dificultad) emprendemos la marcha por las pasarelas que nos acercan en descenso al glaciar.



Llegamos a un primer mirador que nos da otro aperitivo.
Y al poco desembocamos en "nuestro" mirador principal que nos da la visión total, 2,5 kilómetros, de esta otra parte del glaciar, que es la mayor.


Con la inmensa suerte de que, mientras grababa un vídeo, se produjo un importante desprendimiento que conseguí captar en su totalidad.
En la foto quizá se aprecie, en el centro, hacia abajo, un buen boquete que produjo el desprendimiento y que en la foto de más arriba aún no está.


Lo que es seguro que no se aprecia aquí es el enorme estruendo que produjo el gran bloque de hielo al caer y el buen movimiento que agitó las aguas y los témpanos de hielo durante unos segundos.
Ciertamente, el glaciar Perito Moreno es grandioso y podemos afirmarlo después de haber conocido más de una veintena de glaciares en diez días.
Concluimos así, como decíamos, nuestra particular era glaciar, que iniciamos en Ushuaia a bordo del buque Australis y concluimos en Puerto Natales con el Skorpios III, todo ello en territorio chileno, y rematamos con la grandiosidad del Perito Moreno ya en Argentina.
Una experiencia impresionante e inolvidable.
Mañana toca otra vez avión para llegar a San Carlos de Bariloche, la llamada Puerta de la Patagonia, si bien nosotros entramos "por detrás".

EL SKORPIOS III, NAVEGANDO RUMBO AL CAMPO DE HIELO SUR POR LA RUTA KAWESKAR

Día de descanso en Puerto Natales, que dedicamos a dar un paseo por esta tranquila ciudad chilena, comer estupendamente, una buena siesta en el hotel y tarde de lectura disfrutando de las excelentes vistas sobre el fiordo, aprovechando que hoy luce el sol, aunque también hace mucho viento. En fin, el tiempo patagónico.


Al día siguiente, viernes 23, toca de nuevo madrugar porque tenemos un buen rato de bus hasta el Parque Nacional Torres del Paine.



Accedemos a este enorme y hermoso lugar por un camino de tierra que nos conduce primero al Lago Sarmiento y después al Nordernskjold, en cuyo mirador nos detenemos para contemplar la espléndida panorámica, que, sin embargo, nos decepciona un poco porque las nubes nos impiden ver las Torres del Paine en toda su dimensión.


Continuamos la marcha hasta llegar al Lago Pehoé, núcleo central del parque, en cuyo mirador volvemos a detenernos, antes de dirigirnos al área Serrano donde nos espera la comida y tenemos la suerte de que se despeja el panorama y nos permite atisbar las famosas Torres graníticas.


De regreso al minibus tenemos tiempo para una siesta reparadora antes de llegar a la cueva del Milodon, gigantesco animal prehistórico de unos mil kilos de peso que anduvo por estos parajes hace unos 20.000 años.


Ponemos así punto final a la visita a este parque natural y regresamos a Puerto Natales, donde ya nos espera el Skorpios III, motonave (así la llaman aquí) con la que realizaremos otra navegación por el denominado Campo de Hielo Sur de Chile.
Se trata de un navío de menor tamaño que el Australis, pero quizá mejor preparado para enfrentar el hielo, en el que navegaremos 67 pasajeros con una treintena de tripulantes.
Surcaremos las aguas de varios fiordos para llegar a un total de once glaciares en los próximos dos días, siguiendo la denominada Ruta Kaweskar, que toma su nombre de una tribu indígena que anduvo por estas tierras.
Embarcamos a la hora prevista y zarpamos también según lo anunciado encarando el fiordo de Puerto Natales para iniciar la navegación por los canales patagónicos pasando por la llamada Angostura Kirke al atardecer y cuando queremos darnos cuenta estamos cenando. 


Amanecemos el sábado 24 en las cercanías del glaciar Amalia y, después de desayunar, abordamos las lanchas, estas con más capacidad que las Zodiac, para desembarcar y emprender una pequeña ascensión hasta un mirador desde el que apreciamos en toda su dimensión el glaciar.
Retornamos al barco y reanudamos la navegación hacia el glaciar El Brujo, a donde llegamos mientras comemos. De postre tenemos lanchas para aproximarnos al glaciar. Nos advierten que al desembarcar en la zona rocosa tomemos precauciones porque está húmeda y resbaladiza (como enseguida pudo comprobar algún despistado).


Tras una breve caminata alcanzamos el punto más próximo desde el cual disfrutar de la impresionante panorámica.
Regresamos al barco, pero por poco tiempo, pues enseguida transbordaremos a una embarcación más pequeña: se trata de un rompehielos con el que navegaremos por el fiordo Calvo, pasando por varios glaciares: Fernando, Capitán Constantino y Alipio, entre otros. Pero lo más impresionante es el enorme mar de hielo que atravesamos y que nuestro navío va rompiendo literalmente para abrirnos paso.


Por el camino, además de los enormes carámbanos de hielo, encontramos una numerosa colonia de cormoranes, "encallamos" ante una hermosa cascada y finalmente nos introducimos por un angosto cañón por el que casi nos caen encima varias torrenteras.
De vuelta continúa sorprendiéndonos el inmenso mar de hielo que debemos volver a cruzar para llegar al barco, donde nos espera ya la cena. Es que se cena pronto por estos lares.


El domingo 25, cuando ya alcanzamos el décimoquinto día de nuestro viaje, navegamos por el Fiordo de las Montañas y, mientras desayunamos podemos avistar varios glaciares que se descuelgan desde la Cordillera Sarmiento.
Abordamos las lanchas para aproximarnos al glaciar Alsina y observar el panorama que nos permite este nuevo día nublado y lluvioso. Así es el clima patagónico, nos dicen.


Regresamos al Skorpios III  para navegar en dirección al glaciar Bernal. Desembarcamos de la lancha e iniciamos una caminata que nos lleva en medio de un pequeño bosque nativo hasta un sendero que atraviesa una laguna de agua glaciar para llegar al frente del Bernal.
Se trata de un glaciar que está en regresión y ya no acaba en el mar. De hecho, por debajo fluye un río con una corriente intensa.


Continuamos la navegación por el Fiordo de las Montañas mientras comemos, hasta alcanzar la llamada Angostura White, momento que tenemos la suerte de presenciar desde el puente de mando.
Acto seguido emprendemos nuestra última expedición en lancha, consistente en un paseo por el fiordo durante el cual pudimos avistar el majestuoso vuelo del cóndor antes de llegar a las rocas donde anida una numerosa colonia de cormoranes de las rocas y a otra pequeña isla donde parecían estar esperándonos un grupo de leones marinos, a los que nuestra presencia no pareció agradarles demasiado, a juzgar  por los gruñidos que emitían.


Y fin de la expedición. Volvemos al barco donde nos espera la cena de despedida con baile incluído. Toda una experiencia este segundo crucero por el Campo de Hielo Sur de Chile. 
Mañana desembarcamos en Puerto Natales y retornamos a la República Argentina, concretamente a El Calafate.

EXPEDICIÓN AUSTRALIS, CINCO DÍAS DE NAVEGACIÓN

Es sábado 17 de noviembre y ya hemos cumplido una semana de vacaciones. El día amanece soleado en Ushuaia, lo cual nos viene muy bien para la visita que tenemos prevista al cercano Parque Nacional Tierra del Fuego.
Son las ocho de la mañana cuando vienen a buscarnos y nos incorporamos a un pequeño grupo con el que realizaremos una visita guiada por un experto local.
Inicialmente, nos trasladamos en un vehículo hasta el lugar donde comenzamos la visita, consistente básicamente en una buena caminata de dos horas de duración.


Con nuestro guía al frente, nos introducimos en el denso bosque, donde abundan las diferentes especies de flora y fauna, que nos van explicando en los sucesivos altos que hacemos en el camino.
Llegamos así al primer punto de atracción, que es la Bahía Lapataia, casi más bien un fiordo, que contemplamos primero desde un mirador antes de descender al nivel del mar.


Continuamos nuestra caminata, pasando por las turberas, que son zonas de turba típicas patagónicas, y por una zona donde pueden observarse con claridad los estragos causados en el bosque por los castores, esos simpáticos animales ingenieros que, al ser aquí una especie extraña introducida para generar una industria de la piel, estuvo a punto de acabar con el bosque.


Aquí conservan esta zona como muestra de cómo quedaba el entorno en que se asentaban los castores antes de que fueran exterminados.
Así llegamos a un claro, dos horas después, donde nos espera nuestro vehículo para trasladarnos al siguiente punto de interés. Se trata del lago Roca o Lago Acigami en la lengua indígena.


Y finalmente arribamos al último lugar de nuestra visita: la Ensenada, un precioso paraje donde alguien tuvo la genialidad de instalar hace años una oficina postal desde donde se envían postales con el marchamo de proceder del Fin del Mundo. Y, además, te ponen un sello en el pasaporte para acreditar que llegaste hasta aquí.
Finaliza así nuestra visita a este impresionante Parque Natural, situado en el límite fronterizo con Chile.


Después de comer embarcamos en el Ventus Australis para emprender un crucero por los canales, fiordos y glaciares patagónicos más australes del mundo, que se encuentran en Chile.
Ya son las ocho de la tarde cuando zarpamos y nos adentramos por el Canal de Beagle, que toma su nombre del navío con el que el capitán Fitz Roy arribó a estas tierras por primera vez en la década de los años treinta del siglo XIX.
A partir de este momento durante cinco días permaneceremos totalmente incomunicados: nada de teléfono, ni internet, por supuesto se acabó el whatsapp, sin televisión, ni periódicos... Nada.
Mientras cenamos, el barco se detiene porque deben realizarse los trámites de inmigración antes de adentrarnos en Chile. Algo que nos resulta extraño, que un barco tenga que detenerse, y durante un buen rato, para realizar un trámite que bien podríamos haber cubierto en Ushuaia. 
En fin, navegamos rumbo al Cabo de Hornos, cuando ya es domingo 18.
Nos despiertan temprano al aproximarnos a nuestro destino. A las seis y media de la mañana hemos de levantarnos porque a las siete está previsto el desembarco mediante las lanchas Zodiac. Como ya desde las seis había café disponible para los más madrugadores, el desayuno queda para luego.
Pero la isla donde se encuentra el cabo, ya en el Océano Pacífico, nos recibe con un tiempo infernal, típico, por otra parte, en esta zona, donde se han producido numerosos naufragios. Una fuerte marejada en el mar y vientos de unos 140 kilómetros por hora desaconsejan totalmente el desembarco, por lo que, después de un tiempo de espera, el capitán decide suspenderlo definitivamente y reanuda la navegación rumbo al sur para intentar bordear el cabo a pesar de la inclemencia del tiempo.


Por nuestra parte hemos de conformarnos con contemplar la panorámica desde las cubiertas y luchar a brazo partido  con el viento, la lluvia y hasta granizo, además del violento vaivén del barco, para conseguir la mejor foto o vídeo posible.
Finalmente, conseguimos bordear el famoso Cabo de Hornos a pesar de las adversidades.
Nos hemos ganado el desayuno.
Después nos instruyen sobre la actividad de la tarde, que nos llevará a la Bahía Wulaia, y nos proponen visitar por grupos el puente de mando del buque, donde nos recibe su capitán y parte de la tripulación. Nos explican con detalle diversos aspectos de la navegación, incluso mostrándonos las cartas náuticas que manejan para la mejor gobernación de este navío que tiene 90 metros de eslora. Es el propio capitán quien nos informa de las condiciones adversas ya comentadas y nos aporta el dato de la velocidad del viento.
Tiempo libre antes de comer y un rato de siesta antes de llegar a la Bahía Wulaia.
Aquí las condiciones son radicalmente distintas al estar en una zona resguardada y protegida por las montañas. Ningún problema, pues, para abordar las lanchas que nos aproximarán a la costa.


Pie a tierra y, con nuestra guía al frente, emprendemos camino para adentrarnos en este otro bosque patagónico hasta alcanzar un mirador, situado a unos 200 metros de altura, desde el cual podremos contemplar, en toda su extensión y belleza la bahía.
Ahora se ha quedado una tarde espléndida, confirmando el tiempo tan cambiante que rige en la zona.
Tras el descenso, de nuevo a las Zodiac para volver al barco y tiempo libre para descansar antes de cenar. Mañana nos espera nuestro primer glaciar.
Durante la noche hemos navegado por el mismo camino y, a través del Canal de Murray, hemos alcanzado de nuevo el Canal de Beagle. Dirigiéndonos hacia el oeste entraremos en el fiordo Pía hasta alcanzar el glaciar del mismo nombre.


En torno a las diez de la mañana desembarcamos, nuevamente con las Zodiac, y nos aproximamos todo lo posible al glaciar para disfrutar largo y tendido de su esplendor y escuchar las explicaciones de nuestro guía.
Después de lo cual emprendemos la inexcusable caminata que nos permitirá apreciar todo el entorno desde diferentes ángulos. La ascensión no es demasiado dura, más asequible que la de ayer, así que "hacemos cumbre" sin dificultad.
Casi más complicado resulta el descenso, sobre todo porque la mayor parte del recorrido es sobre pura roca, casi siempre húmeda.
Después de disfrutar ampliamente de nuestro primer glaciar, toca retornar al barco para continuar la travesía. Mientras comemos salimos del fiordo, volvemos al Beagle y continuamos hasta entrar en el siguiente fiordo: el Garibaldi.


Aquí se nos plantea la alternativa de desembarcar otra vez para emprender una muy exigente ascensión o continuar navegando hasta alcanzar el glaciar del mismo nombre. Optamos por esta segunda, entre otras cosas porque la tarde se ha complicado y se ha cernido sobre nosotros una densa niebla que, según nos informan, obliga al capitán a demorar la reanudación de la marcha dado lo angosto del espacio que da acceso al glaciar.
En cuanto levanta algo continuamos hacia adelante y tenemos el privilegio de observar la llegada al glaciar desde el puente de mando de la nave, cuyo capitán se encuentra en ese momento dirigiendo la maniobra.


Fondeamos en el lugar y podemos contemplar el impresionante panorama desde las cubiertas exteriores, hasta que vuelve a estropearse la tarde, arrecian el viento y la lluvia y la sensación térmica baja hasta límites que aconsejan buscar refugio.
Damos la vuelta, pues, y retornamos al punto donde recogemos a los intrépidos excursionistas para continuar la navegación hasta nuestro siguiente objetivo.
Ahora toca relajarse y descansar para recuperar fuerzas ante los desafíos que se nos presentarán mañana.
Y hemos de reseñar que ese "mañana" no empezará al amanecer, qué va.
Mientras cenamos, continuamos la navegación por el Canal de Beagle en dirección al llamado Seno De Agostini, pero la novedad es que para llegar habremos de salir a mar abierto, al Océano Pacífico.
Y ahí se acabó la tranquilidad de la navegación por los canales patagónicos. En la primera hora del martes 20 de noviembre, cuando ya dormíamos, averiguamos que el Pacífico no lo es tanto y durante casi una hora nos vimos sometidos a un zarandeo bastante "entretenido". Y eso que nos habían advertido. Superado el trance, seguimos durmiendo.
Hoy toca observar otros dos glaciares: el Vergara, también llamado Cóndor, y el Daineli, también conocido como Águila.
Por la mañana abordamos de nuevo la Zodiac para dirigirnos al primero de ellos por el antes citado seno, que no es sino otra forma de llamar a un fiordo porque no es tan angosto.


Navegamos en la lancha entre témpanos de hielo, pequeños icebergs, hasta alcanzar el glaciar. En esta ocasión no desembarcamos y podemos observarlo desde diferentes perspectivas moviéndonos a uno y otro lado.
No hace buen día precisamente. Está muy nublado, llueve y hace viento. A pesar de lo cual el panorama circundante es impresionante.
Después de comer, vuelta a la Zodiac para encaminarnos a la playa donde nos ha acercado el barco y, desde ella, iniciar un cómodo paseo por la orilla hasta llegar a una especie de lago, donde nos recibe un león marino nadando en sus aguas y donde se nos ofrece el glaciar.


Así ponemos fin a este cuarto día de navegación. Esta noche saldremos del Seno De Agostini para entrar en el Estrecho de Magallanes, pero ya no habrá sobresaltos.
Hoy toca madrugar porque debemos embarcar en la Zodiac para llegar a la Isla Magdalena, donde existe una importante colonia de pingüinos de Magallanes, acompañados de una no menos importante cantidad de gaviotas, al acecho para birlarles los huevos que puedan.
Por fin volvemos a ver el sol, después de varios días, pero hace un viento que tumba.


No obstante, iniciamos el camino por la senda marcada, porque debemos respetar escrupulosamente a los pingüinos, incluso cediéndoles el paso si deciden cruzar, y hasta anulando el flash de las cámaras que puede afectarles a su visión submarina.
El objetivo es alcanzar la loma donde se sitúa el faro para emprender luego el regreso por la otra vertiente hasta alcanzar el embarcadero. Ni siquiera podemos desprendernos de los chalecos salvavidas porque aquí las condiciones climatológicas y el movimiento de las mareas es tan cambiante que en cualquier momento podría ser necesario volver al barco precipitadamente. De hecho, al poco de "hacer cumbre" suena la sirena del Australis instándonos a volver inmediatamente.


Se puede decir que así concluye este crucero, que a sus responsables les gusta más llamar Expedición. Y es que, ciertamente, nada ha tenido que ver con un crucero al uso de los muchos que surcan ríos y mares por todo el mundo.
Todos los guías que nos han acompañado en cada ocasión se han aplicado a fondo para explicarnos con detalle diversos aspectos de la flora y la fauna de cada lugar, haciendo siempre especial hincapié en el respeto al entorno en el que nos encontráramos y a la naturaleza en general.
Por otra parte, las actividades, excursiones, caminatas e incluso ascensiones han sido algo más que alegres fiestas campestres. Por no hablar de las varias navegaciones en Zodiac, alguna bastante movidita (eso sí, poniendo siempre por delante la seguridad, como se vio al no desembarcar en el Cabo de Hornos).


En fin, solo nos queda ya, mientras seguimos navegando por el Estrecho de Magallanes, desayunar, terminar de recoger nuestras pertenencias y aguardar el momento de desembarcar en Punta Arenas.
A nosotros aún nos queda un viaje en autobús hasta Puerto Natales, a donde llegamos después de tres horas.

DE IGUAZÚ A USHUAIA, 25 GRADOS DE DIFERENCIA

Hemos descansado bien tras el esfuerzo de ayer y nos disponemos a pasar un día en el aire, 24 horas antes de lo previsto.
De entrada, nos dirigimos al aeropuerto de Iguazú para emprender nuestro primer vuelo de la jornada con destino a Buenos Aires, a donde llegamos casi dos horas después, con el tiempo casi justo para transbordar al otro vuelo, que nos conducirá a Ushuaia, donde aterrizamos después de casi cuatro horas.
Al cambiar de avión en Buenos Aires nos informaron de que la temperatura era de 30 grados centígrados y al aterrizar unos 3.400 kilómetros al sur, cuando son las 7 de la tarde, nos anuncian que tenemos 5 grados y esto es lo que nos encontramos.


Recuperadas nuestras maletas y al abandonar la terminal, esta es nuestra primera visión.


Hemos llegado a la ciudad más austral del mundo, el último rastro de civilización antes de iniciar camino hacia la Antártida, que está "solo" a 1.000 kilómetros, y hacia el Polo Sur, que está a algo más de 3.000. De Madrid nos separan 12.200 kilómetros de nada.
Nos encontramos en la Isla Grande de la Tierra del Fuego, dividida aproximadamente a partes iguales entre Chile, al oeste, y Argentina, al este.
Una vez instalados en el hotel, decidimos no salir ya y quedarnos a cenar. Un buen descanso y una buena cena no es mala forma de acabar el día. Sobre todo si te atiende un camarero buen conocedor del fútbol español y ferviente seguidor de Boca Juniors. Lo malo es que nos enteramos de que, mientras nosotros volábamos, España había perdido con Croacia y se había complicado mucho su acceso a la final de la Liga de Naciones.
Al día siguiente, debido a los cambios ya citados, tenemos el día libre y lo dedicamos a conocer un poco de la ciudad de Ushuaia.


Cuando salimos del hotel pasadas las 10 de la mañana debe haber unos 4 grados y entre nubes y claros iniciamos un paseo en dirección al puerto. Por el camino ha salido el sol, ha soplado un vendaval, se ha vuelto a nublar, ha chispeado, ha vuelto a salir el sol, se ha calmado el viento... En fin, esa parece ser la tónica en Ushuaia, donde en invierno la temperatura media es de 3 grados y en verano, de 15.


Después de que en la oficina de turismo nos pongan en el pasaporte un sello que acredita nuestra presencia en la Puerta de Entrada a la Antártida, nos dirigimos a la calle principal, la Avenida de San Martín, que recorremos de punta a cabo entre tiendas de todo tipo, pues se trata de la calle más comercial.
Por la tarde decidimos subirnos al típico autobús turístico de dos pisos para tener otra idea de la ciudad y sus alrededores, hasta llegar a un promontorio desde el que tenemos una visión de 360 grados, con las montañas andinas por un lado...


y el canal de Beagle por otro.


El día termina con una cena en un lugar próximo al hotel que nos han recomendado.