Aún es de noche, y llueve, cuando nos dirigimos hacia el puerto de Buenos Aires para embarcar con destino a Montevideo. Es martes y 13 pero no somos supersticiosos.
Son las 7.30 de la mañana cuando zarpamos para navegar por el río de la Plata y no puedo evitar recordar que, hará unos cien años, ya anduvo navegando por aquí, y por el cercano río Paraná, mi abuelo materno, que emigró a estas tierras en los albores del siglo XX, aunque regresó pronto.
Nuestra singladura en este moderno barco tipo catamarán nos hará recorrer a buena velocidad los 200 kilómetros que separan la capital argentina de la uruguaya en unas dos horas y media.
Llueve también en Montevideo cuando iniciamos la visita guiada que durante este día nos proporcionará al menos una idea de lo que es esta ciudad.
La primera parada, casi nada más salir del puerto, es frente al edificio del parlamento uruguayo, sede del poder legislativo de la República Oriental del Uruguay, que es como se llama este país oficialmente.
Ya solo chispea y hace buena temperatura, así que podemos pasear por los alrededores y hacer fotos de tan impresionante edificio.
Continuamos nuestro recorrido, incluyendo parada en el Mercado Agrícola de Montevideo, bastante similar a algún antiguo mercado de los que quedan en Madrid, hasta llegar a la Plaza de la Independencia, donde se encuentra la sede de la Presidencia de este pequeño país de tres millones y medio de habitantes.
Como ha dejado de llover nos permitimos otro paseo antes de ir a comer en un asador cercano.
Dedicamos parte de la tarde a recorrer otros puntos de la capitán uruguaya, incluido el famoso estadio del Centenario, donde se celebró la final del primer Campeonato Mundial de Fútbol en 1930, para culminar en la denominada Rambla, que es el balcón por el que esta ciudad de un millón de habitantes se asoma al mar.
De nuevo al puerto para ver atardecer mientras embarcamos y retornar a Buenos Aires ya anochecido.

