EXPEDICIÓN AUSTRALIS, CINCO DÍAS DE NAVEGACIÓN

Es sábado 17 de noviembre y ya hemos cumplido una semana de vacaciones. El día amanece soleado en Ushuaia, lo cual nos viene muy bien para la visita que tenemos prevista al cercano Parque Nacional Tierra del Fuego.
Son las ocho de la mañana cuando vienen a buscarnos y nos incorporamos a un pequeño grupo con el que realizaremos una visita guiada por un experto local.
Inicialmente, nos trasladamos en un vehículo hasta el lugar donde comenzamos la visita, consistente básicamente en una buena caminata de dos horas de duración.


Con nuestro guía al frente, nos introducimos en el denso bosque, donde abundan las diferentes especies de flora y fauna, que nos van explicando en los sucesivos altos que hacemos en el camino.
Llegamos así al primer punto de atracción, que es la Bahía Lapataia, casi más bien un fiordo, que contemplamos primero desde un mirador antes de descender al nivel del mar.


Continuamos nuestra caminata, pasando por las turberas, que son zonas de turba típicas patagónicas, y por una zona donde pueden observarse con claridad los estragos causados en el bosque por los castores, esos simpáticos animales ingenieros que, al ser aquí una especie extraña introducida para generar una industria de la piel, estuvo a punto de acabar con el bosque.


Aquí conservan esta zona como muestra de cómo quedaba el entorno en que se asentaban los castores antes de que fueran exterminados.
Así llegamos a un claro, dos horas después, donde nos espera nuestro vehículo para trasladarnos al siguiente punto de interés. Se trata del lago Roca o Lago Acigami en la lengua indígena.


Y finalmente arribamos al último lugar de nuestra visita: la Ensenada, un precioso paraje donde alguien tuvo la genialidad de instalar hace años una oficina postal desde donde se envían postales con el marchamo de proceder del Fin del Mundo. Y, además, te ponen un sello en el pasaporte para acreditar que llegaste hasta aquí.
Finaliza así nuestra visita a este impresionante Parque Natural, situado en el límite fronterizo con Chile.


Después de comer embarcamos en el Ventus Australis para emprender un crucero por los canales, fiordos y glaciares patagónicos más australes del mundo, que se encuentran en Chile.
Ya son las ocho de la tarde cuando zarpamos y nos adentramos por el Canal de Beagle, que toma su nombre del navío con el que el capitán Fitz Roy arribó a estas tierras por primera vez en la década de los años treinta del siglo XIX.
A partir de este momento durante cinco días permaneceremos totalmente incomunicados: nada de teléfono, ni internet, por supuesto se acabó el whatsapp, sin televisión, ni periódicos... Nada.
Mientras cenamos, el barco se detiene porque deben realizarse los trámites de inmigración antes de adentrarnos en Chile. Algo que nos resulta extraño, que un barco tenga que detenerse, y durante un buen rato, para realizar un trámite que bien podríamos haber cubierto en Ushuaia. 
En fin, navegamos rumbo al Cabo de Hornos, cuando ya es domingo 18.
Nos despiertan temprano al aproximarnos a nuestro destino. A las seis y media de la mañana hemos de levantarnos porque a las siete está previsto el desembarco mediante las lanchas Zodiac. Como ya desde las seis había café disponible para los más madrugadores, el desayuno queda para luego.
Pero la isla donde se encuentra el cabo, ya en el Océano Pacífico, nos recibe con un tiempo infernal, típico, por otra parte, en esta zona, donde se han producido numerosos naufragios. Una fuerte marejada en el mar y vientos de unos 140 kilómetros por hora desaconsejan totalmente el desembarco, por lo que, después de un tiempo de espera, el capitán decide suspenderlo definitivamente y reanuda la navegación rumbo al sur para intentar bordear el cabo a pesar de la inclemencia del tiempo.


Por nuestra parte hemos de conformarnos con contemplar la panorámica desde las cubiertas y luchar a brazo partido  con el viento, la lluvia y hasta granizo, además del violento vaivén del barco, para conseguir la mejor foto o vídeo posible.
Finalmente, conseguimos bordear el famoso Cabo de Hornos a pesar de las adversidades.
Nos hemos ganado el desayuno.
Después nos instruyen sobre la actividad de la tarde, que nos llevará a la Bahía Wulaia, y nos proponen visitar por grupos el puente de mando del buque, donde nos recibe su capitán y parte de la tripulación. Nos explican con detalle diversos aspectos de la navegación, incluso mostrándonos las cartas náuticas que manejan para la mejor gobernación de este navío que tiene 90 metros de eslora. Es el propio capitán quien nos informa de las condiciones adversas ya comentadas y nos aporta el dato de la velocidad del viento.
Tiempo libre antes de comer y un rato de siesta antes de llegar a la Bahía Wulaia.
Aquí las condiciones son radicalmente distintas al estar en una zona resguardada y protegida por las montañas. Ningún problema, pues, para abordar las lanchas que nos aproximarán a la costa.


Pie a tierra y, con nuestra guía al frente, emprendemos camino para adentrarnos en este otro bosque patagónico hasta alcanzar un mirador, situado a unos 200 metros de altura, desde el cual podremos contemplar, en toda su extensión y belleza la bahía.
Ahora se ha quedado una tarde espléndida, confirmando el tiempo tan cambiante que rige en la zona.
Tras el descenso, de nuevo a las Zodiac para volver al barco y tiempo libre para descansar antes de cenar. Mañana nos espera nuestro primer glaciar.
Durante la noche hemos navegado por el mismo camino y, a través del Canal de Murray, hemos alcanzado de nuevo el Canal de Beagle. Dirigiéndonos hacia el oeste entraremos en el fiordo Pía hasta alcanzar el glaciar del mismo nombre.


En torno a las diez de la mañana desembarcamos, nuevamente con las Zodiac, y nos aproximamos todo lo posible al glaciar para disfrutar largo y tendido de su esplendor y escuchar las explicaciones de nuestro guía.
Después de lo cual emprendemos la inexcusable caminata que nos permitirá apreciar todo el entorno desde diferentes ángulos. La ascensión no es demasiado dura, más asequible que la de ayer, así que "hacemos cumbre" sin dificultad.
Casi más complicado resulta el descenso, sobre todo porque la mayor parte del recorrido es sobre pura roca, casi siempre húmeda.
Después de disfrutar ampliamente de nuestro primer glaciar, toca retornar al barco para continuar la travesía. Mientras comemos salimos del fiordo, volvemos al Beagle y continuamos hasta entrar en el siguiente fiordo: el Garibaldi.


Aquí se nos plantea la alternativa de desembarcar otra vez para emprender una muy exigente ascensión o continuar navegando hasta alcanzar el glaciar del mismo nombre. Optamos por esta segunda, entre otras cosas porque la tarde se ha complicado y se ha cernido sobre nosotros una densa niebla que, según nos informan, obliga al capitán a demorar la reanudación de la marcha dado lo angosto del espacio que da acceso al glaciar.
En cuanto levanta algo continuamos hacia adelante y tenemos el privilegio de observar la llegada al glaciar desde el puente de mando de la nave, cuyo capitán se encuentra en ese momento dirigiendo la maniobra.


Fondeamos en el lugar y podemos contemplar el impresionante panorama desde las cubiertas exteriores, hasta que vuelve a estropearse la tarde, arrecian el viento y la lluvia y la sensación térmica baja hasta límites que aconsejan buscar refugio.
Damos la vuelta, pues, y retornamos al punto donde recogemos a los intrépidos excursionistas para continuar la navegación hasta nuestro siguiente objetivo.
Ahora toca relajarse y descansar para recuperar fuerzas ante los desafíos que se nos presentarán mañana.
Y hemos de reseñar que ese "mañana" no empezará al amanecer, qué va.
Mientras cenamos, continuamos la navegación por el Canal de Beagle en dirección al llamado Seno De Agostini, pero la novedad es que para llegar habremos de salir a mar abierto, al Océano Pacífico.
Y ahí se acabó la tranquilidad de la navegación por los canales patagónicos. En la primera hora del martes 20 de noviembre, cuando ya dormíamos, averiguamos que el Pacífico no lo es tanto y durante casi una hora nos vimos sometidos a un zarandeo bastante "entretenido". Y eso que nos habían advertido. Superado el trance, seguimos durmiendo.
Hoy toca observar otros dos glaciares: el Vergara, también llamado Cóndor, y el Daineli, también conocido como Águila.
Por la mañana abordamos de nuevo la Zodiac para dirigirnos al primero de ellos por el antes citado seno, que no es sino otra forma de llamar a un fiordo porque no es tan angosto.


Navegamos en la lancha entre témpanos de hielo, pequeños icebergs, hasta alcanzar el glaciar. En esta ocasión no desembarcamos y podemos observarlo desde diferentes perspectivas moviéndonos a uno y otro lado.
No hace buen día precisamente. Está muy nublado, llueve y hace viento. A pesar de lo cual el panorama circundante es impresionante.
Después de comer, vuelta a la Zodiac para encaminarnos a la playa donde nos ha acercado el barco y, desde ella, iniciar un cómodo paseo por la orilla hasta llegar a una especie de lago, donde nos recibe un león marino nadando en sus aguas y donde se nos ofrece el glaciar.


Así ponemos fin a este cuarto día de navegación. Esta noche saldremos del Seno De Agostini para entrar en el Estrecho de Magallanes, pero ya no habrá sobresaltos.
Hoy toca madrugar porque debemos embarcar en la Zodiac para llegar a la Isla Magdalena, donde existe una importante colonia de pingüinos de Magallanes, acompañados de una no menos importante cantidad de gaviotas, al acecho para birlarles los huevos que puedan.
Por fin volvemos a ver el sol, después de varios días, pero hace un viento que tumba.


No obstante, iniciamos el camino por la senda marcada, porque debemos respetar escrupulosamente a los pingüinos, incluso cediéndoles el paso si deciden cruzar, y hasta anulando el flash de las cámaras que puede afectarles a su visión submarina.
El objetivo es alcanzar la loma donde se sitúa el faro para emprender luego el regreso por la otra vertiente hasta alcanzar el embarcadero. Ni siquiera podemos desprendernos de los chalecos salvavidas porque aquí las condiciones climatológicas y el movimiento de las mareas es tan cambiante que en cualquier momento podría ser necesario volver al barco precipitadamente. De hecho, al poco de "hacer cumbre" suena la sirena del Australis instándonos a volver inmediatamente.


Se puede decir que así concluye este crucero, que a sus responsables les gusta más llamar Expedición. Y es que, ciertamente, nada ha tenido que ver con un crucero al uso de los muchos que surcan ríos y mares por todo el mundo.
Todos los guías que nos han acompañado en cada ocasión se han aplicado a fondo para explicarnos con detalle diversos aspectos de la flora y la fauna de cada lugar, haciendo siempre especial hincapié en el respeto al entorno en el que nos encontráramos y a la naturaleza en general.
Por otra parte, las actividades, excursiones, caminatas e incluso ascensiones han sido algo más que alegres fiestas campestres. Por no hablar de las varias navegaciones en Zodiac, alguna bastante movidita (eso sí, poniendo siempre por delante la seguridad, como se vio al no desembarcar en el Cabo de Hornos).


En fin, solo nos queda ya, mientras seguimos navegando por el Estrecho de Magallanes, desayunar, terminar de recoger nuestras pertenencias y aguardar el momento de desembarcar en Punta Arenas.
A nosotros aún nos queda un viaje en autobús hasta Puerto Natales, a donde llegamos después de tres horas.