CUATRO DÍAS DE ENSUEÑO EN TORNO A BARILOCHE

Es miércoles 28 de noviembre cuando un cómodo vuelo nos deposita en San Carlos de Bariloche, puerta de la Patagonia y uno de los centros turísticos más importantes de Argentina.
Hace un día espléndido y nuestro guía nos conduce desde el aeropuerto por un camino que nos va dando una idea de lo que es este enclave dominado por montañas, bosques y lagos, al tiempo que nos va refiriendo lo que ha sido la historia de San Carlos de Bariloche, una ciudad que, oficialmente, data de hace poco más de cien años. Buena parte de nuestro camino discurre por la avenida Ezequiel Bustillo, el gran visionario que supo anticipar el enorme potencial que tenía esta zona, bastante parecida a Suiza y que dispone de unos 100 kilómetros de pistas para esquiar.
El caso es que la citada avenida conduce directamente a uno de los hitos turísticos de Bariloche, que no es otro que nuestro hotel: el Llao Llao, monumento nacional y declarado patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.



No solemos mencionar en el relato de nuestras experiencias viajeras ni hoteles, ni restaurantes, etc. por más que puedan ser atractivos, porque no es la idea de este blog, salvo alguna excepción muy justificada. Y esta nos parece que lo es.
El buen Bustillo pensó hace casi cien años establecer el hotel Llao Llao en lo alto de un promontorio con fachadas a dos lagos: el Moreno y el Nahuel Huapi, y con vistas a todas las montañas circundantes, incluido el famoso Cerro Tronador.
Convenció para ello a los poderes públicos de la época y como presidente de Parques Nacionales impulsó la construcción del hotel, que diseñó su hermano Alejandro, así como una pequeña iglesia próxima. Quiere decirse que, inicialmente, todo esto fue de propiedad pública y gestión privada.
Y, a pesar de la mala suerte inicial cuando un incendio arrasó el hotel, volvió a reconstruirlo. Hasta que llegó la dictadura militar y lo cerró. Hace quince años reabrió y pasó a propiedad privada.


No es solo que el hotel esté bien, sino que, además, el entorno es espectacular, máxime en los días soleados como los que disfrutamos.
Así, pues, dedicamos la tarde a instalarnos en nuestra habitación con vistas al Lago Nahuel Huapi y a recorrer las diversas dependencias del establecimiento hasta llegar a una sala de lectura que dispone de un mirador al borde del Lago Moreno. 


Retornamos a la zona del edificio principal y damos un paseo por el jardín antes de cenar en uno de los restaurantes disponibles.


Al día siguiente hacemos un recorrido por los alrededores entre bosques y lagos, vadeamos el pequeño río que conecta los dos lagos citados hasta que llegamos al pie del Cerro Campanario. Tomamos el telesilla que nos llevará a la cumbre para contemplar desde allí uno de los panoramas más espectaculares que podemos recordar. Los del lugar afirman que es una de las mejores siete vistas del mundo.


Tenemos tiempo para recorrer los diferentes senderos posibles que nos ofrecen diferentes perspectivas, incluyendo la de nuestro hotel en la lejanía.


De nuevo abajo, nos acercamos a la iglesia antes mencionada en cuya puerta posamos sentados en un banco, de nuevo con el hotel a nuestras espaldas.


Desde aquí nos dirigimos ya a la ciudad de San Carlos de Bariloche, que queda a unos kilómetros, y dedicamos el resto de la mañana a recorrer sus calles principales, deteniéndonos en esta plaza.


Después de comer completamos otro paseo, durante el cual intentamos comprar la tarjeta que da acceso al autobús para volver al hotel. Pero no hubo forma, no estaba disponible en ningún punto de venta. Así que nos dirigimos a la parada y recurrimos al sistema que ya nos habían avisado: pedirle a algún viajero que pasara su tarjeta y abonarle en metálico la cantidad acordada. Nuestro intento tuvo éxito con un joven que accedió, a pesar de que tuvo que ir a recargar su tarjeta. Y así recorrimos los 20 kilómetros que nos separaban de nuestro hotel, última parada de la línea.
Ya es viernes 30 de noviembre y tenemos el día libre de actividades. Así que optamos por el relax total.



Después de uno de esos desayunos copiosos a base de huevos revueltos y demás, decidimos pasar la mañana en el spa, que dispone de una piscina interior y otra que se comunica con la exterior. Lástima que, a pesar del día tan bueno que hace, sopla un viento bastante fuerte que incomoda al aire libre, así que nos conformamos con disfrutar a través de los cristales.


Y en un buen día de relax no puede faltar la siesta, después de la cual bajamos a la llamada terraza de invierno, donde se sirve el té buffet consistente en un variado repertorio de medianoches saladas y todo tipo de dulces, pastas y pastelitos, además de los correspondientes tés y cafés.


Una delicia, vamos, ideal para pasar la tarde charlando y disfrutando del panorama exterior.
Recordamos que debemos algunos agradecimientos que propiciaron esta amplia estancia, que inicialmente iba a ser más breve. Primero, a una amiga que anduvo por aquí hace diez años en su viaje de novios y nos lo recomendó casi fervientemente; y después, aunque suene increíble, al G20. Sí, porque lo que en un principio iban a ser dos noches aquí, tuvieron que ser cuatro por las restricciones en los vuelos ocasionadas por la reunión en Buenos Aires de los máximos mandatarios mundiales. Bueno... Nos sacrificamos por el progreso de la humanidad.
El sábado, ya 1 de diciembre, volvemos a la actividad. 



En el cercano embarcadero tomamos un catamarán que nos lleva por el Lago Nahuel Huapi a la cercana Isla Victoria, donde desembarcamos para dar un buen paseo por un bosque en el que se dan un sinfín de especies arbóreas, tanto autóctonas como extrañas, introducidas por el descubridor del lugar.


Volvemos a embarcar para seguir avanzando por el lago hasta alcanzar la península donde se asienta el bosque de arrayanes, curiosos árboles de color canela anaranjado, que vamos contemplando durante la caminata que nos damos.


Ecológico día presidido por un sol espléndido y casi total ausencia de viento.
Cuando volvemos al hotel todavía tenemos tiempo de disfrutarlo un poco más y culminar con una cena de despedida.


Mañana emprendemos el llamado Cruce Andino que nos llevará otra vez a Chile, atravesando lagos y bordeando volcanes y montañas de la Cordillera de los Andes hasta llegar a Puerto Varas.