Hoy toca despedirse ya de Buenos Aires, esta ciudad tan cosmopolita y agradable,
y esta es la última panorámica que contemplamos de la capital argentina mientras iniciamos la maniobra de despegue en el Aeroparque, que es como llaman aquí a su aeropuerto doméstico.
Emprendemos una nueva etapa de nuestro viaje, que nos llevará en esta ocasión hacia el norte, a Iguazú, en el mismo límite de la frontera con Brasil, donde conoceremos sus famosas cataratas.
Recorremos los mil kilómetros de distancia en algo más de hora y media por vía aérea, claro.
Aunque el plan era estar aquí un par días para contemplar las cataratas desde el lado brasileño y desde el lado argentino, por circunstancias imprevistas hay que hacer cambios y nos limitaremos a verlas desde el lado argentino, que representa un 80%, y a recortar alguna otra de las actividades previstas por falta de tiempo, dado que debemos adelantar un día el traslado hacia el sur.
Así que, después de comer ya dentro del Parque Natural, nos aprestamos a recorrer los dos senderos que conducen a las cataratas, primero el superior y después el inferior.
La tarde se presenta plomiza y bochornosa, poco apropiada desde luego para caminar, pero es lo que toca. Al menos los senderos y las pasarelas sobre el agua están muy bien dispuestas y facilitan la caminata.
Por el sendero superior iremos contemplando los diversos saltos que forman el conjunto, lógicamente, desde arriba. Ya desde el primero de ellos lo que se nos va presentando es impresionante, asombroso.
Por el sendero inferior, la misma magnificencia pero desde otro ángulo y, al llegar al final, con toda la cercanía posible en el salto Bosetti, hasta el punto de darnos una especie de ducha que, por cierto, casi se agradece.
Ahorraremos datos farragosos sobre las ingentes cantidades de agua que transitan por aquí y dejaremos a quienes lean esto que adjudiquen los calificativos oportunos porque a nosotros se nos agotan las palabras ante tamaña maravilla de este mundo nuestro.
Valgan las fotos como único comentario.






